¿Cuánto tiempo puede hipotecarnos la barbarie? ¿Qué derrotas tenemos que pelear para que el silencio quiebre? ¿Cómo permanecer ciegos cuando las heridas del mundo hacen piruetas delante de nosotros, como niños buscando que les prestemos algo de atención? El Ibex cae hacia un suelo muy por encima del que nosotros pisamos. 58.000 desahucios. Cinco cifras metálicas. Si vieras a una sola de esas familias con tus propios ojos se te desahuciaría el alma.
Llueven tuits sobre mojado de la plaza de Sol, como gritos cuyo eco ya suena débil, con razones que siguen gritando con la misma fuerza. ¿Cómo fijar un techo de gasto a nuestra indignación? ¿Cómo mirar a otro lado mientras las miserias manchan las bolsas negras de Zara? Buscamos paraísos en los que nuestra juventud sueñe que no está embargada, y los encontramos dentro de una pantalla, o en el fondo de un vaso de ron con cola.
Pero la solución era sencilla.
Sólo teníamos que mirar a los lados, y sostenernos esas miradas miopes que normalmente enfocan precariedad. Y agarrarnos las manos, y hacerle el amor a la esperanza. Y caminar sobre cristales rotos.
Era sencillo.




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